jueves 30 de diciembre de 2010

Un nuevo día

Entró por mi ventana esta mañana
y me sacó a empujones de la cama.
Arrogante y jovial, el nuevo día,
no dejaba de gritarme al oído

su escándalo de pájaros inquietos.
Me llegó el murmullo de las cocinas,
el aroma del café con tostadas
y los gritos de los niños jugando
y los ladridos graves de los perros.

Con el Ángelus se escuchó una armónica
y alguien dijo en el portal: ¡va a llover!
Pero no ha llovido.
Amaneció con niebla
y hemos tenido tarde de paseo;
tarde fresquita, pero de paseo.

El viento arrancó hoy
las últimas hojas del viejo roble
dejando desnudas sus ramas grises,
sus vergüenzas de árbol centenario.
El invierno está cerca, me lo dicen los huesos.

La noche parecía tener prisa.
Se coló por debajo de la puerta
y se tumbó junto a la chimenea.
Allí estará hasta que el sol, de nuevo,
la expulse, sin remilgos, de la casa.

El día se marchó pronto a la cama
a descansar sus horas fatigadas,
porque hoy debe regresar mañana.

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