sábado, 14 de marzo de 2009

El alma de la revolución

Se dejó una gran barba de estética marxista
que le otorgaba cierto aire de gran patriarca.
Aprendió a levitar
y a utilizar las ceras de colores
para acerar los rasgos de su cara.

Soñaba con ser el que todos siguen
y ver su nombre escrito en los muros
y ver su foto colgada en las aulas.
Soñaba ser el alma de la revolución.
La barba creció tanto, llegó a ser tan alta,
que se formaron nubes en torno a su cabeza.
Olvidó quién era y de dónde vino,
olvidó lo que hizo y por qué lo hizo,
se convirtió en aquello
que odió cuando era joven.
“Miopía absoluta de la realidad”,
le diagnosticó un médico asustado
que soñaba con vivir en Miami.
Murió aferrado al cetro del poder
de un gobierno tiránico y casposo
de una isla tropical y bananera,
convencido de que el pueblo lo amaba.
Descanse en paz.

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