lunes, 26 de enero de 2009

Noche de San Juan

Los dedos blancos de la magia me alcanzaron
una noche asfixiante de San Juan.
Se abrió la puerta invisible de los sueños
que da acceso al otro lado del espejo;
falso solsticio de láudano y absenta,
la Fée Verte gogó en un after hours
quemando ajenjo en la hoguera de Minerva.

Llega Belenos y su cohorte de druidas
bramando en las calles pobladas de meigas.

Los siete caballucos del diablo
sembrando cuélebres en la noche de azufre
y monstruos féminos disfrazados
de polluelos de oro que hipnotizan
a los buscadores de flores de agua.

Una anjana de alas de papel de aluminio
y un mercader de ensalmos milagrosos
venden hechizos para los males de amor
a las esclavas del polvo que en hilera
hacen cola en la puerta del retrete;
nieve en el paladar, lluvia en los ojos,
medias de fantasía, rímel y colirio.

San Juan Bautista dame ron con milcao
y quédate tú el ámbar y la ambrosía
que hoy andan sueltas las huestes de Satán
y han tomado formas de mujer,
que me absorbe en su negrura el inframundo
y temo ceder a la tentación de la locura
dispersándome flácido en un sinfín de et cetĕra.

Diríase que el ángel caído nos conoce
mejor que la madre que nos parió.
Que aquel que se reveló contra su hacedor
y cambió la inmortalidad por besos
fue cocinero antes que fraile y sabe
hasta qué punto escuece el roce de la soledad
en la madrugada aterida de espanto.

La música quiebra la noche callada.
Se rompe el cristal donde hibernan las hidras.
Una batería loca y largas notas de guitarra,
como si la tocara el mismísimo Yo-hasnam
y las cuerdas fueran de cabello de ángel
y el diapasón una escalera interminable
clavada en el corazón del cielo
y cada traste un capítulo cifrado
de la prehistoria olvidada de los hombres.

Hadas y deidades de la naturaleza
venid a mí que soy hombre fácil,
que en los encajes húmedos del amanecer
he visto florecer la hierbabuena,
la madreselva, la higuera y el pesebre,
que llevo meses sin comerme un rosco
y tengo callos en las manos de hacer solitarios.

Esta noche de brujas cambiaría
mi alma ebria de aventurero nocturno

por unas horas en el Edén de Eros,
por una sonrisa de la dama de corazones.
Mírame, perro con cabeza de carnero,
y dime por qué se han extinguido las vírgenes
de esta explanada de Sacsahuamán.

Dime si aceptas el sacrificio de mi segunda virginidad
o le pongo un cirio al dragón de Enuma Elish,
que mi naturaleza de simple mortal
ya desfallece en este pajar de titanes
donde se perdió la aguja con la que coser
los calzones rotos de mi maltrecha moral.

La noche fue tan corta que el amanecer
se presentó sin que nadie lo esperara.
Aún se retorcían, obscenas en la pista,
las concubinas de la tríada del mal
cantando la canción de la noche más corta
("A quien coja la yerbuca/la mañana de San Juan,
no le dañarán los cuélebres/ni caballucos del mal"),
el San Judas Tadeo de las causas imposibles
y el recuerdo de una horas que nunca llegué a vivir.
El sol los convirtió a todos en cenizas.

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