martes, 27 de enero de 2009

Éramos muy jóvenes

Nos besamos
aquel anochecer ya desplegado
en tenue ensueño de claro de luna.
Respirabas a mi lado, tan cálida,
tan cerca que mi piel recuerda aún

el roce de tu vestido de seda.

Y huimos.
El mundo acababan de pintarlo.
El viento nos mesaba los cabellos.
Queríamos tocar la luz. Lo hicimos.
Soñábamos con volar. Lo intentamos.
Tomamos carrera. Alzamos el vuelo.

Y volamos
sobre las ideas preconcebidas,
dejando atrás el lucero sin brillo
de los presagios, la bóveda de
tinieblas que habita el hombre del saco.
Llegamos al precipicio y saltamos.

Y soñamos
que nuestros besos durarían siempre,
que el mundo éramos sólo nosotros.
Henchidos de pasión, nada importaba,
nuestra juventud era indestructible.
El amor nos hacía invulnerables.

Y Caímos
como aves alcanzadas por un rayo;
fuego de plumas sangrando rubíes.
Desconcertados. Éramos muy jóvenes.
Nos íbamos a merendar el mundo
y el mundo nos devoró sin piedad.

Y maduramos.
Tú elegiste ciencias empresariales.
Yo, literatura y filosofía.
Me contaron que vivías en Londres,
que te habías casado, que fuiste madre.
Pero yo nunca dejé de esperarte.

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