jueves, 27 de noviembre de 2008

La noche


La noche tiene algo de femenino.
Es el reino de la hermosa Selene.
La esfera opaca donde los poetas
se encuentran a sí mismos.

Nos dice Lorca que la Luna tiene
senos de duro estaño y Aleixandre asegura

que todo en la noche vive una duda
secreta. Una duda de sonámbulos.

La noche es una mujer melancólica.
Una ninfa de alas rotas que anhela
lealtades, promesas que sobrevivan
a los espíritus de la alborada.
¡Qué corta vida tiene la palabra nocturna!

Los amantes son presos de la noche;
más presos cuanto más enamorados.
Veladores solventes que sueñan más que duermen.
Sueñan poder ser inconscientes entre
los pliegues secretos, íntimos, de otros
cuerpos también insomnes.

La noche vive abrazada a una niña
con trenzas, ojos naipe de azabache diamante.
En su inmensa profundidad las almas
enamoradas crecen llenando el infinito.
El cielo, desarmado de su escudo
azul, se nos muestra tal como es: negro,
profundo, inabarcable.

El amor brilla en la noche de plata,
cuando las claraboyas del corazón están
abiertas y la luz almidonada
sólo ilumina el alma de las cosas,
cuando los ojos de la cara no son jueces,
sino ventanas por las que se asoman
los ojos del espíritu.

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