sábado, 29 de noviembre de 2008

Hoja de papel


Sobre el escritorio desordenado
esparcidas encuentro varias hojas
de papel, aún limpias, inmaculadas,
como si acabaran de fabricarlas.
Escojo una al azar. Me deslumbra su albor.
Su vacío infinito me causa vértigo.
Necesito escribir, pero las musas tardan.


Traslado a otro sitio mis pensamientos.
Me los llevo muy lejos, donde no pueda verlos.
La mano comienza a moverse como
guiada por una fuerza misteriosa.
No soy yo quien navega entre la tinta.
Son las propias palabras que llegan a la viva.
Ni siquiera son frases lo que escribo.
Son la sombra de una imagen, pesares,
recuerdos de sentimientos perdidos.

Cuando vuelvo la mirada al papel,
ya no es blanco del todo; hay impresas en él
unas cortas líneas de negra tinta
que forman una procesión de hormigas.

¡Qué desgraciada soy –me dice la hoja-.
Entre tantas, me has escogido a mí!
Has violado mi virginal blancura,
me has ensuciado con tus negras rayas.
Me has dejado inservible, indecorosa.
Ya no me aceptarán las hojas limpias
ni seré el pedestal de una gran obra.

No le reprocho su enfado, pues todos
aspiramos a ser, en nuestras vidas,
el soporte para una gran empresa,
algo importante para algo importante.

Al día siguiente, alguien ordena mi escritorio
con cierto enojo ante tanta anarquía.
Toma todas las hojas, las estruja y destruye.
Todos menos ésa que tiene escrito
un mensaje, o tal vez un poema.
Esa la dobla y la mete en un libro.

Mucho tiempo después alguien, leyendo
ese viejo libro, topa de nuevo
con la hoja, ahora amarilla por los años.
La lee y de sus ojos una lágrima escapa.
La dobla con esmero y la devuelve al libro.
Desde el otro mundo observo el suceso.
Contemplo con nostalgia aquella hoja y le digo:
“No fuiste el soporte de una gran obra,
pero hoy has provacado una emoción”.

2 comentarios:

  1. Hermoso poema que nos hace reconsiderar el valor de las cosas.


    Saludos

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  2. Un poema maravilloso. Me ha gustado mucho, mucho, mucho.

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